Metamorfosis nazi-fascista
      del estado español

      Justo de la Cueva Alonso


      EL 27 VENDIMIARIO DE FELIPE GONZÁLEZ (Historia de una traición)

      (Prólogo de un libro inédito que fue rechazado en la mañana del 23 de febrero de 1981 por el editor que lo había encargado)


      Cuando las campanas doblaron a muerto por el régimen franquista

      Hubo una vez un día, lector, en que las campanas de la Historia comenzaron, lentas, broncíneas, pesadas y majestuosas, a doblar a muerto por el régimen franquista. La señal para el volteo la dieron en Burgos, una fría jornada de diciembre de 1970, un puñado de gudaris, un pequeño grupo de soldados revolucionarios vascos de ETA, cuando puño en alto comenzaron a cantar el Eusko Gudariak, el himno que empieza afirmando "Somos los soldados vascos..." A esa señal fue el pueblo trabajador vasco el que comenzó a doblar esas campanas echándose a la calle, a la manifestación y a la huelga. Hubo ciegos y sordos que ignoraron el doblar de las campanas. Pero el régimen franquista estaba ya, históricamente, muerto. Aunque tardara aún siete años en estarlo legalmente.

      Todo el territorio vasco de Euskadi Sur fue entonces campana. La ría bilbaína, los valles guipuzcoanos, los páramos alaveses, las montañas y las bardenas navarras vibraron con el ronco bramido, con el rotundo ruido que producen las mareas de la Historia cuando las desencadena el heroísmo colectivo de un pueblo. Y la muralla de Jericó del sistema de dominación franquista se cuarteó y se rajó y se quebró.

      Y se puso en evidencia cómo todo el régimen franquista estaba en crisis. Cómo ya no servían el freno y el bocado.

      Primero habla empezado a faltar lo más importante para el bloque de clases dominante: el sistema económico. Porque habla empezado a disminuir la tasa de ganancia. Es cierto que la crisis económica internacional de 1973, la crisis del petróleo, fue el golpe que agravó la situación, que desencadenó la crisis global de la formación social española. Pero las causas del desastre económico (que aún hoy sufrimos) venían de atrás y estaban determinadas por la crisis económica interna que ya a finales de los años sesenta era un hecho gravísimo. El modelo de crecimiento y acumulación de Capital había sido dibujado (y aplicado) a lo bestia. Su salvajismo le permitió conseguir resultados sobre todo para los capitalistas, aunque también quedaran migajas de televisores y "600", de lavadoras y cachivaches para intentar convencer a los explotados de que "les traía cuenta". Pero ese salvajismo contribuyó a hacer del modelo económico un feto contrahecho y malformado.

      Nuestros agricultores se habían visto forzados a una absurda ineficacia, incapaces de producir lo que teníamos que comer. Dependíamos del petróleo barato para cubrir nuestras insuficientes fuentes de energía. La industria era un caos. Las pocas industrias avanzadas, capaces de competir en el extranjero, estaban precisamente en manos del Capital extranjero. Los vicios del funcionamiento monopolístico fomentado por el régimen para que unos empresarios rapaces e incompetentes ganasen más, más fácil y más seguro, infectaban a la mayoría de las industrias, enfermas de baja productividad y de incapacidad competitiva. La inmensa mayoría de los obreros trabajaban en pequeñas y medianas empresas, satélites de las grandes, dedicadas prioritariamente a producir bienes de consumo y tremendamente vulnerables a la caída de la capacidad de consumo de la gente. La burguesía del régimen franquista no invertía. Dilapidaba sus ganancias o las colocaba en sucias maniobras de especulación no productiva para la comunidad. Y la imprescindible inversión dependía de que el extranjero enviara capitales para ir comprando España a trozos y a precio de saldo, de que los turistas vinieran y se dejaran divisas y de que Europa contratara a nuestros emigrantes para limpiar sus cloacas y hacer sus faenas sucias pagándolas con divisas que en casa se cuidaban de "captar" las beneméritas Cajas de Ahorro y los diligentes bancos. Las empresas dependían cada vez más de la banca. Y ésta dependía cada vez más de la banca extranjera.

      El modelo franquista de crecimiento y acumulación de Capital había ido endeudando más y más a la economía española y haciéndola más y más dependiente de metrópolis extranjeras. La formación social española había ido enganchándose más y más como un eslabón dependiente de la cadena imperialista de Estados. Cuando surgió la crisis internacional sus efectos se multiplicaron en la crisis española, agravándose. De pronto al perro flaco todo se le hicieron pulgas. La tasa de ganancia cayó y cayó y cayó.

      Ahí le dolía al bloque de clases dominante. Que sin embargo podría haber resuelto la crisis económica si sólo hubiera fallado la economía. Pero es que, la crisis era una crisis global de la formación social española. A la crisis económica se sumaban la crisis social, la crisis ideológica y la crisis política. Porque al régimen franquista le fallaba el sistema de dominación. Si no hubiera fallado el sistema de dominación el bloque de clases dominante habría podido arreglar la economía. HABRÍA PODIDO REESTRUCTURARLA. Pero al fallar también y a la vez el sistema de dominación, al fallar el freno y el bocado para sujetar al caballo, las cosas se ponían muy, pero que muy difíciles.

      El sistema de dominación fallaba porque ya no conseguía hacer las dos cosas que tenía que hacer: mantener dóciles y sumisas a las clases dominadas y resolver los conflictos y contradicciones entre las clases dominantes.

      El proceso de Burgos y las movilizaciones populares que produjo demostraron la virulencia que alcanzaba la reivindicación nacional en Euskadi. También había problemas en las otras naciones (Cataluña y Galicia) pero era en Euskadi donde el problema se presentaba más agudamente porque había surgido con fuerza creciente una tendencia nacionalista que integraba la reivindicación nacional con la lucha revolucionaria por el socialismo y que además adoptaba resueltamente la lucha armada como medio de acción. La represión, el viejo tic del sistema de dominación franquista, ya no funcionaba como antes, y por más brutal que fuera -que lo era- en vez de aplastar la rebeldía, en vez de apagarla, la reavivaba en una espiral de acción-represión-acción de radio cada vez más ancho.

      La forma en que a lo largo y a lo ancho del Estado español los Sindicatos farsantes oficiales eran incapaces de impedir las huelgas y de que éstas adoptaran el carácter de "salvajes" que hace temblar al Capital (huelgas sin aviso, sin reglas) era preocupante. Demostraba que el sistema de dominación ya no podía sujetar a las clases dominadas y que éstas habían conseguido, de forma clandestina, entorpecida y reprimida pero real, recomponer o crear sus organizaciones propias. Esas clases rechazaban cada vez más la ideología mantenida siempre por el régimen, mostrando que no acababa de calar contra dicha práctica la ideología de repuesto, el "consumismo", por las dificultades de la crisis económica. Los "clásicos" aparatos ideológicos del régimen (Iglesia, Movimiento) perdían clientela e influencia a ojos vistas.

      Y además el sistema de dominación se mostraba impotente ya para resolver los conflictos internos del bloque de clases dominante. Como sucede siempre en las sociedades capitalistas, en época de crisis se hacían patentes los intereses contradictorios que enfrentaban entre sí a las clases dominantes aunque estuvieran unidas por su común interés en mantener dominadas a las clases dominadas. Por un lado andaba la oligarquía financiera tradicional, representante del sector de la gran banca privada, que hizo su "agosto" en los años cuarenta y cincuenta beneficiándose de la acumulación de capital hecha por los terratenientes latifundistas. Por otro lado aparecía la oligarquía financiera representante del sector de la gran banca privada ligada al capital extranjero de las metrópolis de la cadena imperialista de Estados (sobre todo norteamericano) y que responda a estrategias e intereses transnacionales, multinacionales. Y una tercera pata del trípode granbancario constituida por la fracción tecnocrática del Opus Dei, representante del sector de la banca por él dominado. Junto a esas tres fracciones del capital financiero había que distinguir dos fracciones del capital industrial: La que dominaba la producción de bienes de equipo, de bienes de producción, ligada a la gran banca privada (y por ello dividida, a su vez, en tres grupos según de quién dependían). Y la fracción del capital industrial que no dependía de la gran banca gracias a tener el apoyo del Estado o el apoyo del capital financiero europeo o por bastarse a sí misma, y que se dedicaba sobre todo a la producción de bienes de consumo y de bienes intermedios. Un ejemplo típico de conflicto de intereses entre las clases dominantes era el que enfrentaba a esta última clase deseosa de poder comprar en el extranjero bienes de equipo de alta calidad y a precios "europeos", con las fracciones del capital financiero interesadas en proteger la venta de bienes de equipo españoles producidos por "sus" fábricas. Conflicto que echaba chispas cada vez que se discutía la política final y aduanera.

      Las pequeñas y medianas empresas completaban el cuadro como meros satélites de alguna de las otras dominantes o de varias de ellas a la vez.

      El régimen franquista era un régimen capitalista "de excepción" precisamente porque en él las divergencias internas del bloque de clases dominante no se resolvían a través del juego de las instituciones políticas como se hace en los regímenes capitalistas "normales", "democráticos". Durante los años 60 esas divergencias se hablan resuelto mal que bien porque había un árbitro que actuaba como tal (el "caudillo") y porque las diversas clases del bloque habían aceptado el reconocimiento que él había hecho de la oligarquía financiera como hegemónica y de la tecnocracia del Opus Dei como representante global de esa oligarquía. Pero desde 1969 la tecnocracia del Opus ya sólo representaba a una fracción de la oligarquía financiera y las otras dos tenían la hegemonía material, económica, Pero no la tenían en el Estado. Y el "caudillo" actuaba cada vez menos como árbitro tanto por pérdida de facultades físicas y mentales como por el hecho de haberse colocado tan por encima de lo divino y de lo humano que era imposible que descendiera a mitad de la pelea y el navajeo.

      El problema se resolvió enfriándolo. Congelándolo. Desde las nubes del olimpo franquista bajó un "enviado". Un "delegado" del "caudillo" que, así como el Papa es el Vicario de Cristo en la Tierra, era el Vicario de Franco en el bloque de clases dominante, y ejercía los plenos poderes de Franco en los aparatos del Estado, poniendo así freno a los enfrentamientos de esos aparatos que reflejaban los intereses contradictorios de aquellas clases. Ese Vicario era un almirante de cejas gruesas que prescindió del Opus Dei como núcleo gobernante para impedir el conflicto en los niveles políticos y administrativos. Carrero era la solución. Y las diversas clases dominantes abrieron un margen de confianza al almirante.

      Y entonces ETA voló al almirante.


      La noche del tránsito en que todos los gatos son pardos

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